Capítulo 5 de 5

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Una bienvenida para los libros

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Lila tenía la mano apoyada en la canasta verde, pero Nando miraba el carrito silencioso. Era viernes; alrededor todavía se acomodaban los puestos para la feria del sábado. Desde la esquina del toldo colgaba la tira deshilachada.

—¿Probamos mi idea antes de buscar? —preguntó Nando—. Un ensayo chiquito. Si sale horrible, nos hacemos los distraídos. Lila soltó el borde de la canasta. Celia, que seguía con ellos, dejó su canasto de banda durazno sobre la mesa y cruzó los brazos, curiosa.

Nando se puso junto a una rueda crema y habló con su voz de anuncio, aunque esta vez no gritó: —¿Dónde están las historias? Hubo un segundo de silencio. Desde el patio llegó la voz de la vecina de los manteles: —¡Acá! Estaba tan lejos que Nando miró a Lila, asombrado. —Te oyó igual —dijo ella.

—¿Dónde están las historias? —repitió Nando, un poquito más fuerte. —¡Acá! —contestó Celia. La vecina se acercó sacudiendo un mantel, y el vecino de los rollos de tela respondió desde la plazoleta. Incluso la persona del puesto de servilletas levantó la mano. Enseguida varios miraron hacia el carrito, como si de verdad estuviera llegando.

Lila había temido verlo entrar en la feria sin anunciarse, casi avergonzado. Ahora, aunque nadie había tocado la campanita, el carrito parecía tener toda una banda de voces. Nando hizo una reverencia tan profunda que se le cayeron dos lápices cortitos de la riñonera. —Funciona —dijo Lila, devolviéndoselos—. Pero el sábado vas a necesitarlos para dibujar, no para hacer malabares.

Entonces Lila volvió a la mesa baja. En la canasta verde salvia de los tres círculos amarillos había un guante sin compañero, una cinta de pelo y un montón de pequeñas cosas que alguien podría venir a reclamar. Apartó con cuidado un pañuelo doblado. Debajo apareció un brillo amarillo. Se quedó quieta un instante antes de tomarlo.

La campanita era redonda y tenía una sola rayita grabada cerca del borde. —¿Es la que encontraste entre los tallos? —le preguntó Lila a Celia. —Esa misma. La guardé en mi canasto, sonó junto a la estatua y en el puesto, y después la dejé acá —respondió Celia, señalando la canasta verde—. Me alegra que hayan venido a buscarla.

Lila sostiene una campanita amarilla junto a una canasta verde sobre la mesa. Celia señala la canasta, que tiene tres círculos amarillos en un costado, un pañuelo sobre el borde y varios objetos en su interior.

La encargada del carrito regresó mientras los tres miraban la campanita. Lila le mostró la tira que colgaba del toldo y abrió la libreta en la página de los dos recorridos. —La vecina oyó un tilín cuando el carrito pasó junto a la maceta —explicó—. La tira cedió y la campanita cayó ahí. Celia la recogió más tarde; por eso algunos vieron el carrito y otros oyeron su canasto.

Nando sacó los tres señaladores de entre las páginas de la novela de Lila y los puso uno al lado del otro: las franjas del toldo, la puerta en arco y la ventana redonda. —Aparecieron cerca de donde sonó la campanita separada del carrito —agregó Lila—. Dibujan lo que se ve desde cada lugar. Nos ayudaron a seguir los sonidos, aunque ninguno decía dónde estaba ahora. La encargada observó los dibujos con la misma atención con que Lila los había hecho.

—Y yo seguía buscando el problema entre las ruedas —dijo la encargada. Tocó los pocos hilos que quedaban en la sujeción—. Menos mal que revisaron acá arriba. Quitó la tira gastada y puso una nueva antes de colgar la campanita. Lila sostuvo el toldo mientras trabajaba; Nando sostuvo la campanita para que no sonara todavía. Le costó quedarse inmóvil, pero no se le escapó ni un tilín.

El sábado, cuando la feria abrió, el carrito esperó al comienzo de la plazoleta. Nando buscó a Lila con la mirada. Ella llevaba su libreta bajo el brazo; Celia y los vecinos que habían ensayado estaban entre los puestos. La encargada tomó el manubrio, pero esperó la señal de los chicos.

—¿Dónde están las historias? —llamó Nando. —¡Acá! —respondieron desde los manteles, los rollos de tela y el puesto de servilletas. Otras voces se sumaron. Lila señaló con su libreta el camino libre entre las mesas y caminó al lado del carrito. Cuando la primera rueda empezó a girar, la campanita dio un tilín claro por encima de todas las respuestas.

En una feria de plaza, Lila señala un paso despejado junto a un carrito de libros, mientras la encargada lo guía. Nando llama hacia los puestos y varios vecinos le responden con las manos levantadas. Una campanita amarilla cuelga del toldo rayado.

Nando bajó la voz para hablarle sólo a ella. —Sin tus dibujos, seguiríamos buscando una flecha que no existía. —Y sin tu pregunta —dijo Lila—, el carrito habría vuelto con campanita, pero sin coro. La encargada se detuvo junto a los estantes. Entre los dos eligieron un libro para abrir la feria, mientras el último tilín se mezclaba con las voces del barrio.

Buscando significado…

Llegamos al final.

La historia queda acá para volver a leerla cuando quieras.