Lila volvió al carrito con Nando. Habían elegido mirar la tira antes de ir a la estatua, aunque a Lila le costaba apartar de la cabeza aquel segundo señalador. El carrito seguía en silencio. Hasta el crujido de sus estantes, cargados de libros, parecía esperar la campanita.
En puntas de pie, Lila giró apenas la tira azul petróleo que colgaba del toldo. Por detrás, la tela estaba más gastada de lo que había parecido desde abajo: unos pocos hilos unían dos partes deshilachadas. Cuando la soltó, un hilito quedó prendido en su dedo.
—Con eso no se podía sujetar una campanita por mucho tiempo —dijo Nando. —Pudo haberse soltado —respondió Lila. Sacó la libreta y dibujó la tira junto a las franjas del señalador—. Pero no sabemos dónde. Ni cuándo.
Nando miró la maceta del patio. Después miró los lápices cortitos de su riñonera, como si alguno pudiera responderle. —Necesitamos una oreja que haya estado acá antes que nosotros. —Una persona con orejas sirve —dijo Lila—. No hace falta que sea una oreja suelta.
La vecina de los manteles sacudía una tela sobre el patio. El viento se la devolvió a la cara con un ruido de vela de barco. Nando atrapó una punta antes de que cubriera la maceta, y la vecina le agradeció entre risas.
Lila tenía la libreta abierta, pero la cerró a medias. Todavía le parecía extraño explicarle a alguien lo del señalador y su dibujo. Podía empezar por otra cosa. —¿Escuchaste la campanita cerca de esta maceta? —preguntó.
La vecina dejó de pelear con el mantel. —Hoy temprano, cuando pasó el carrito. Hizo un «tilín» cortito. Pensé que había rozado el borde de la maceta. Después no oí nada más, pero estaba ocupada tratando de doblar esta sábana disfrazada de mantel.
Lila se agachó junto al borde ondulado. Había un hueco pequeño entre dos tallos, justo donde habían encontrado el señalador, pero no se veía ninguna campanita. Miró la tira gastada que asomaba del toldo, al otro lado del patio. —Si cayó acá, el sonido podría haber sido ese —dijo. El recuerdo de la vecina no mostraba adónde había ido después.
—¿Fue antes de que empezaran a llevar mesas a la estatua? —preguntó Lila. —Sí. Todavía tenían todas las patas para arriba —contestó la vecina—. Más tarde vi a Celia caminar hacia la plazoleta con su canasto. Al pasar por acá, se detuvo un momento junto a la maceta.
—¿Qué llevaba? —preguntó Nando, esta vez sin anunciar la pregunta a todo el barrio. —No alcancé a ver. Tiene una banda durazno alrededor del borde; desde acá se distingue enseguida. Celia anda ayudando con la feria. Si la buscás, seguro la encontrás entre los puestos.
Un vecino que pasaba con unos rollos de tela oyó la última frase. —Yo vi el carrito junto a la estatua hoy temprano —dijo—. Me acuerdo del toldo a rayas. Pero no sé si fue antes o después de que esta señora oyera la campanita. Iba apurado con todo esto.
Nando abrió la boca. Lila conocía esa expresión: venía un anuncio capaz de hacer girar cabezas hasta en la plaza. Pero él miró su libreta y esperó. Lila dibujó dos figuras pequeñas: el toldo a rayas y el canasto con su banda durazno. Debajo trazó la maceta y la estatua, sin unirlas todavía.
—Una cosa es dónde vieron el carrito —dijo—. Otra, dónde vieron a Celia más tarde. No sabemos si los dos llevaban algo que hacía ruido. Nando señaló el dibujo de la tira. —Y sabemos que esto estaba gastado. Me gusta más que gritar «¡misterio resuelto!» y tener que volver a meter las palabras en la boca.
Desde el patio alcanzaban a verse las mesas que rodeaban el pedestal. Lila guardó la libreta, esta vez sin esconder el dibujo. Ya tenían algo que no habían tenido al llegar: un sonido situado en la maceta y un momento preciso, antes de que empezaran a mover las mesas. Nando había visto el otro señalador cerca de la estatua; Celia, en cambio, podía contarles qué había llevado en su canasto. Lila echó a andar con él hacia la plazoleta.