Capítulo 3 de 5

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La puerta que miraba a la estatua

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La plazoleta estaba cambiando de forma. Donde Nando había visto el señalador por la mañana, ahora había mesas, patas de sillas y una montaña de manteles doblados. Él rodeó el pedestal de la estatua sin perder de vista el suelo; Lila avanzó detrás, con la libreta abierta por la página donde había dibujado el toldo y el canasto.

—Estaba por acá —dijo Nando, señalando un hueco entre dos mesas—. Salvo que la estatua haya salido a pasear y se haya llevado la pista.

Una ráfaga levantó la punta de un mantel. Debajo apareció una muesquita semicircular de cartulina crema. Nando sostuvo la tela mientras Lila sacaba el señalador, sin mover la mesa. Esta vez el dibujo no tenía rayas: mostraba una puerta durazno rematada en arco.

Junto a la estatua, Nando levanta la punta del mantel de una mesa mientras Lila saca de debajo un señalador crema con una puerta durazno dibujada.

Lila miró alrededor. Frente a la estatua había una puerta igual, pero, desde donde estaban, el arco quedaba medio escondido detrás de un poste. Se acercó al pedestal. Un paso más a la derecha y el arco apareció entero, con el borde de la estatua asomando a un costado, tal como en el dibujo.

—No dibuja lo que tenemos que encontrar —dijo Lila—. Dibuja lo que se ve desde donde aparece.

Nando probó ponerse a su lado y después retrocedió para comparar. —Confirmado. Si me paro acá, la puerta parece una oreja gigante. Si me paro allá, parece una puerta. Prefiero la segunda opción.

Lila agregó el arco a su libreta. El señalador de la maceta mostraba el toldo visto desde la maceta; este, la puerta vista desde la estatua. La comparación funcionaba otra vez, aunque no contestaba dónde estaba la campanita. Nando la vio mirar las pilas de mesas que seguían llegando y no dijo «misterio resuelto».

—¿Y si probamos donde están las servilletas? —propuso—. Desde el patio no se ve todo lo que pasa en la plazoleta. Desde un puesto, capaz sí.

En el puesto, las servilletas estaban apiladas en cuadrados tan parejos que daban ganas de felicitarlas. El viento tenía otra opinión: arrancó las dos de arriba y las hizo planear sobre el mostrador. Nando atrapó una contra su buzo. Lila sujetó la otra antes de que cayera al suelo y, al devolverla a la pila, vio una tira de cartulina crema debajo.

El tercer señalador tenía dibujada una ventana redonda verde salvia. Lila se paró frente al mostrador; desde allí vio la ventana, al otro lado de la plazoleta, encajada entre el borde del puesto y una esquina del edificio. Bajó un poco la cabeza: desapareció detrás de las servilletas. Volvió a incorporarse y la ventana quedó otra vez en el lugar exacto del dibujo.

—Tres dibujos, tres vistas —dijo Nando, contando con sus lápices cortitos—. Me gustaría decirlo a los gritos, pero estoy sosteniendo una servilleta con la barbilla.

La persona que atendía el puesto le quitó la servilleta de la barbilla, divertida. Lila tragó saliva. Hablar de cartulinas que aparecían solas todavía le parecía demasiado raro, pero podía preguntar por algo que la otra persona quizá hubiera oído.

—¿Escuchaste una campanita por acá hoy? —preguntó.

—Un tilín muy bajito, sí. Celia había apoyado su canasto de la banda durazno al lado del mostrador mientras acomodábamos esto —respondió la persona, indicando las pilas—. No vi qué había adentro. Después se fue hacia la zona del carrito.

Lila dibujó la ventana junto al puesto y dejó un espacio entre ese recorrido y el toldo del carrito. El sonido junto a la maceta había ocurrido cuando pasó el carrito; el del puesto, según acababan de oír, mientras Celia estaba allí con su canasto. Todavía faltaba preguntarle a Celia si también se había detenido con él junto a la estatua. Los señaladores marcaban lugares, no daban por sí solos la respuesta.

Desde el mostrador se veía la mesa baja de cosas encontradas. Sobre ella descansaba una canasta ancha, verde salvia, con tres círculos amarillos; no se parecía en nada al canasto portátil de Celia. Nando la señaló y esperó a que Lila cerrara la libreta.

En un puesto, Nando señala una canasta verde con tres círculos amarillos sobre una mesa baja. Lila, a su lado, cierra una libreta y mira hacia donde él señala.

—Podemos preguntarle a Celia qué llevaba —dijo él—. O mirar ahí y llevarle una pregunta más difícil.

Lila guardó los tres señaladores entre las páginas de su novela. Habían llegado buscando un dibujo junto a la estatua y ahora sabían mirar el barrio desde tres puntos precisos. La campanita seguía sin sonar, pero la mesa de cosas encontradas estaba a la vista, y Celia andaba entre los puestos. Por primera vez, Lila tuvo ganas de mostrarle a alguien más su libreta.

Buscando significado…

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