Entre los puestos a medio armar, Nando descubrió un canasto de mimbre con una banda durazno. Lo llevaba una mujer que intentaba sostener una pila de manteles con el codo mientras alcanzaba una silla a otra persona. Cada vez que levantaba la silla, un mantel se le resbalaba. Lila y Nando se acercaron justo a tiempo para agarrar una punta cada uno.
—Gracias, equipo —dijo la mujer, dejando la silla en su lugar—. Soy Celia. ¿Buscaban algo?
Lila abrió la boca, pero miró primero su libreta. Había dibujado una maceta, una estatua y un puesto, separados por espacios que todavía no sabía unir. Le dio vergüenza mostrar una pregunta hecha de garabatos. Nando vio que ella apoyaba un dedo sobre la página y esperó, aunque el esfuerzo le hizo inflar los cachetes.
—Buscamos la campanita del carrito —dijo Lila. Giró la libreta para que Celia pudiera verla—. Encontramos señaladores en estos tres lugares. Los dibujos muestran lo que se ve desde cada uno. Y escucharon un tintineo cerca de la maceta y otro junto a tu canasto, en el puesto. ¿Encontraste algo ahí?
Celia dejó los manteles sobre una mesa y se inclinó a mirar. No se rio de los dibujos. Tocó con cuidado la maceta que Lila había trazado. —Encontré una campanita entre dos tallos esta mañana. Tenía una rayita cerca del borde. Pensé que se le había caído a alguien que preparaba la feria; no vi a quién. La puse en mi canasto para que no quedara entre la tierra y las hojas.
Lila miró a Nando. La vecina había oído aquel tilín justo cuando pasaba el carrito. Del toldo colgaba una tira tan gastada que casi no sostenía sus propios hilos. —Entonces se soltó ahí —dijo—. La tira cedió y la campanita cayó en la maceta. Nadie se la llevó del carrito.
—¡Y después viajó en primera clase de canasto! —empezó Nando. Bajó la voz antes de que «primera clase» llegara al otro extremo de la plaza—. Perdón. ¿Por dónde la llevaste?
Celia señaló la plazoleta. Había pasado junto a la estatua con el canasto al brazo. Cuando se detuvo para dejar pasar una mesa, oyó un tilín pequeño. Los tres fueron hasta el pedestal; desde allí, la puerta durazno en arco quedaba justo como en el segundo señalador. Nando sacó un lápiz cortito y dibujó una campanita dentro del canasto que Lila había dejado vacío en su libreta.
—Después apoyé el canasto en el puesto de servilletas —recordó Celia mientras caminaban—. Sonó otra vez cuando lo levanté. Me hizo pensar que llevaba una cucharita muy entusiasmada.
En el mostrador, Lila sostuvo el tercer señalador junto a sus ojos. La ventana redonda verde salvia apareció entre el borde del puesto y la esquina del edificio, igual que en el dibujo. Nando se agachó para verla y la pila de servilletas se la tapó. —Son vistas desde los lugares donde sonó —dijo Lila—. No son flechas. El primero apareció junto al golpe en la maceta; los otros, por los tilines del canasto.
Celia volvió a mirar la libreta. —Qué manera curiosa de dejar rastro. Menos mal que me la mostraste: yo había oído los sonidos, pero no se me habría ocurrido mirar el barrio así. Lila cerró la libreta sin esconderla. Seguía sin entender cómo habían aparecido las cartulinas, pero ahora sabía por qué esos tres lugares importaban. Y alguien más había entendido sus dibujos.
Al cruzar la plazoleta, pasaron frente al vecino de los rollos de tela. Lila señaló el toldo que había dibujado en una página y, debajo, el canasto de Celia en la siguiente. —Vos viste el carrito acá temprano —le dijo—. Después se soltó la campanita junto a la maceta. Más tarde Celia pasó por acá con ella. Eran dos recorridos distintos. El vecino se acomodó un rollo bajo el brazo. —¡Con razón no me cerraba! Yo recordaba el toldo, no el sonido.
—Quise devolvérsela a la encargada del carrito —contó Celia—, pero no la encontré. Así que la dejé en la canasta de cosas encontradas, sobre la mesa baja. La verde, la de los tres círculos amarillos. Nando miró a Lila sin anunciar un triunfo. Ella le sonrió: había sido idea de él seguir hasta el puesto, y esta vez la había dejado terminar cada pregunta.
Los tres llegaron a la zona del carrito. En el toldo seguía colgando la tira deshilachada; a un costado, la canasta verde esperaba sobre la mesa. Lila apoyó una mano en el borde, pero todavía no revolvió entre los objetos. Ya no buscaba a ciegas: sabía qué campanita había dejado Celia allí y cómo había llegado. Del otro lado de la mesa, Nando miró el carrito silencioso y tuvo una idea que le ensanchó la sonrisa.