Capítulo 1 de 5

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Un sonido que faltaba

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El viernes por la tarde, Lila llegó al carrito de libros con una novela bajo el brazo y una pregunta preparada: ¿habría llegado ya la continuación? Pero antes de ver los estantes notó algo peor. El carrito estaba allí, con sus ruedas crema y su toldo a rayas, y no había sonado la campanita. Lila conocía ese tintineo incluso cuando se mezclaba con las voces de la feria. Esta vez, nada.

En la esquina del toldo, donde siempre colgaba la campanita, quedaba una tira azul petróleo. Lila se alzó en puntas de pie para verla mejor. La tela tenía el extremo deshilachado, aunque desde abajo no alcanzaba a distinguir mucho más. El sábado, cuando abriera la feria, quería que los libros llegaran anunciándose como siempre. No le gustó imaginar al carrito entrando en silencio, como si le diera vergüenza.

Nando apareció por detrás de una pila de cajas, con el buzo torcido y dos lápices asomándole de la riñonera. Se quedó mirando el lugar vacío del toldo. —No me digas que la campanita se tomó vacaciones. —Si se fue, eligió el peor fin de semana —dijo Lila.

Nando tomó aire y se llevó las manos a la boca. —¡TILÍN, TILÍN! ¡LIBROS FRESQUITOS! Una vecina que acomodaba manteles levantó la vista y se rio. Lila también, aunque escondió la sonrisa detrás de la novela. —Los libros no son medialunas. Y te escucharon hasta en la plaza. —Entonces funciono como campanita —dijo Nando. —Funcionás como Nando. Ayudame a encontrar la otra.

En una feria, Nando se lleva las manos a la boca para llamar en voz alta mientras Lila sonríe detrás de un libro verde. A su lado hay un carrito azul con libros, ruedas crema y un toldo a rayas azules y crema. De una esquina del toldo cuelga una tira azul gastada.

Empezaron por el patio de baldosas en rombos, junto al paso por donde solía entrar el carrito. Lila miró debajo del banco; Nando se asomó detrás de una regadera y anunció que había encontrado «una expedición de hormigas». Después vio algo crema entre las hojas de la maceta verde salvia. Estiró la mano, pero Lila lo detuvo con un gesto. —Ahí. Entre esos dos tallos. Nando apartó apenas una hoja y sacó una tira angosta de cartulina, con una muesquita redonda en la parte de arriba.

Era un señalador. Tenía dibujadas unas franjas azules y crema, un poco torcidas, como si alguien las hubiera hecho mientras caminaba. No había una flecha ni una palabra. Lila lo sostuvo al lado de su libreta. Con la mano libre, copió las franjas y agregó el borde ondulado de la maceta. Cuando no entendía algo, dibujarlo la ayudaba a mirarlo otra vez.

—Parece el toldo —dijo Nando. Lila levantó la vista. Desde la maceta se alcanzaba a ver el carrito, y las rayas de su toldo quedaban una encima de otra justo como en el señalador. Dio un paso a la izquierda: ya no coincidían. Volvió al lugar donde había estado y las franjas se acomodaron otra vez. —Está dibujado desde acá —dijo. Nando probó el mismo paso de costado, volvió y abrió los ojos como platos. —Es un señalador con punto de vista. Mucho más elegante que mis hormigas.

Junto a una maceta verde, Lila muestra un señalador de franjas azules y crema. Nando lo mira sorprendido; detrás de ellos se ve un carrito de libros con un toldo rayado.

Lila estuvo a punto de llamar a la vecina de los manteles. Frenó al imaginarse explicándole que una cartulina escondida en una maceta mostraba exactamente lo que se veía desde una maceta. Tal vez sonara tan raro en voz alta como en su cabeza. Guardó el señalador entre las páginas de la novela, sin aplastarlo, y dejó la libreta abierta para que Nando mirara su dibujo.

Nando lo estudió sin hacer ningún anuncio para toda la feria. —Si tenés razón, importa dónde apareció —dijo, bajando la voz con tanto esfuerzo que casi se le cerraron los ojos—. Esta mañana vi otro señalador junto a la estatua. No lo toqué porque estaban llevando mesas por ahí. Lila alzó la mirada hacia la plazoleta. Las mesas ya empezaban a rodear el pedestal.

—Antes de que lo tapen todo —dijo ella. Nando asintió y señaló primero la estatua, después el carrito. —Tenemos dos cosas que mirar. Lila observó la tira que colgaba del toldo y luego el dibujo asomando de su libro. La campanita seguía sin aparecer, pero ya tenían una vista que se podía comprobar y otro lugar donde buscar. Metió la novela bajo el brazo. Por primera vez desde que había llegado, el silencio del carrito le sonó menos vacío.

Buscando significado…